Sobre una ‘pedagogía feminista’ para los hombres de a pie.

Por: Mario Sánchez Vanegas

Después de varias conversaciones y una que otra deliberación con mujeres – algunas autodenominadas feministas, y no todas adheridas al mismo tipo de feminismo –, estoy casi seguro que hablar de género y feminismo no es fácil para hombres y mujeres; y se hace más complejo aún si es entre mujeres y hombres. La resistencia es inmediata e incontenible. El diálogo, esa alternancia expositiva de ideas, reflexiones y críticas con respeto, se altera e involuciona en un ataque certero de descalificaciones en una amplia gradación de colores, tonos y sabores. Excepciones hay, sin duda, aunque muy difícil sea encontrarlas en los hombres y en las mujeres sean de alta complejidad.

Lo anterior, grosso modo, es parte de mi experiencia al intentar poner sobre la mesa y junto al café o la cerveza, al feminismo como tema de disertación, porque yo como un hombre de a pie, heterosexual, lejos del constructo conceptual por el que transita y teje su urdimbre académica el feminismo, además, educado hasta el tuétano por el patriarcado, soy, entre muchos ya, consciente del porqué la lucha de la mujer por su emancipación y reclamación de sus derechos. Derechos que son inherentes a todo ser humano, que no hacen distinción alguna de sexo, origen nacional o étnico, color, religión, lengua, edad, partido político o condición social, cultural o económica. Y que, siendo derechos universales, indivisibles e interdependientes, está siendo la mujer despojada de ellos, por ejemplo, el derecho a la vida[1]; el derecho a no recibir daños ni torturas[2]; el derecho a no ser sometidas a esclavitud o servidumbre[3]. Sólo por enunciar tres de los treinta derechos humanos fundamentales e inquebrantables, según la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH) en 1948, y que le está siendo vulnerados a la mujer solo por su condición de mujer.

Con lo anterior quiero preguntar: ¿Podríamos decir que la incapacidad de diálogo [y reconocimiento] que surge por los prejuicios y la desidia hacia el feminismo es porque hay una especie de “analfabetismo” sobre este movimiento sociopolítico? Me aventuro a decir que sí, que gran parte de esa construcción de prejuicios e indiferencia en los hombres de a pie, es la ignorancia, así, sin paños de agua tibia. Todos hablamos sobre feminismo, pero, no sabemos lo que debiéramos saber o sabemos mal lo que sabemos o sabemos lo que menos importa, parafraseando una de las máximas de La Rochefoucauld, entonces, ¿cómo y quién explicaría a un hombre de a pie como yo o como el tendero de la esquina o el conductor del autobús; como el profesor a días de su jubilación o el jefe de vigilancia; como el estudiante universitario o el apenas iniciado ejecutivo, que lo opuesto al feminismo no es machismo, sino patriarcado, por ejemplo?, que el machismo es una actitud agresiva, denostativa, violenta, contra la mujer por su condición de mujer.

¡Cómo explicarle a mi abuelo, a mi sobrino y a mi madre! Personas que, como yo, no han leído, entre muchas otras, a Aleksandra Kolontái o a Rita Segato; a Martha Nussbaum, Marcela Lagarde o a Mercedes d'Alessandro, que si mucho habrán escuchado a Simone de Beauvoir por su relación con Jean-Paul Sartre, que la definición de feminismo está ligada a la reivindicación de la equidad, la fraternidad/sororidad, la igualdad y la justicia social, política y económica entre hombres y mujeres, por lo menos comprendido como un paraguas bajo el cual se amalgaman muchas de las reivindicaciones históricas como es la del voto femenino que, aun siendo institucional en el año 1848, fue en 1948 su reconocimiento por parte de la DUDH como derecho humano y en Colombia empezó a ejercerse en 1957, hace apenas 61 años ¡61 años!

En el mismo sentido, pregunto: ¿Un hombre de a pie necesita saber lo que es discriminación indirecta y discriminación positiva, para saberse “discriminando” a favor o en contra de un grupo minoritario? El mismo u otro hombre de a pie, ¿precisa diferenciar el anarcofeminismo del feminismo escéptico de corte positivista pasando por todas las olas – que van cinco hasta hoy – y, entre otros, los feminismos radical, socialista, ecofeminista e igualitario, para ser un “aliado” del feminismo? ¿Cómo puede un hombre de a pie, sin tener en su enciclopedia conceptual un término como manspreading, darse cuenta que al sentarse en un lugar de uso público no debe abrir sus piernas “despatarrado” ocupando más de un asiento, porque es micromachismo; o mansplaining, y ser consciente de su actitud micromachista explicándole a una mujer lo que ya sabe, con la intención de parecer superior; o manslamming, y no imponer “su virilidad” en entradas/salidas o aceras, al no dejar pasar a la mujer deliberadamente porque cree que ella, por ser mujer, es la que debe “ceder el paso”; o el concepto manterrupting, que es esa actitud descalificadora al interrumpir a una mujer en plena exposición o explicación de su discurso, alimentando su “superioridad” con algo así como: 'Cállate, mujer, que no tienes ni idea de lo que dices'? Esto teniendo muy presente que, “dejando de nombrar las cosas, no podemos analizarlas, trabajar en su crítica y alcanzar su abolición. Que dejar de nombrarlas no las hace desaparecer ni las destruye en su papel de mantener en pie un orden asimétrico de género y raza. Esa ha sido históricamente una de las estrategias más eficaces de las élites: no nombrar, pues los nombres llevan el reconocimiento de los problemas”. (Segato, 2018: 60) ¿Cómo nombrar, entonces, esas actitudes machistas por fuera de los guetos académicos?

Cuando en esas deliberaciones sobre el feminismo exponía a las mujeres una “pedagogía feminista” y hacía alusión a los anteriores términos y a otros todavía más difíciles de pronunciar, me decían: “esa alfabetización a los hombres, de la que vos hablás, no es tarea de las feministas. Ya tenemos suficiente peso en nuestro equipaje con nuestra lucha”. Y me repetían: “Ustedes los hombres sólo están llamados al feminismo como aliados, porque las protagonistas aquí somos las mujeres”, a lo que no les falta razón y por lo que terminé escribiendo un texto como el que ahora usted está leyendo. También me explicaron con detalle que “Ustedes [los hombres] no definen nuestro movimiento, por lo que sobra su opinión”. Yo pagaba el café o la cerveza. Ella(s) se iba(n). La respuesta de los pocos hombres con los que intenté el diálogo, fue una palmada en la espalda y un “ya se me volvió feminista”.

Excepciones habrá, sin duda, como las hay también entre las personas que, aunque creen y luchan por la igualdad social, política y económica sin precepto de género, raza o condición económica, no son feministas, reclamando incluso su derecho a no serlo, “menos ahora – como me dijo otra de las mujeres –, porque vienen manoseando conceptualmente el “discurso liberador” del feminismo haciéndolo tan cercano al de la “demagogia política”, pintando banderas de campaña con él, que no me es posible estar con otra “etiqueta”, cuando lejos de esa “demagogia” existe, por ejemplo, no una política sino una “politicidad en clave femenina”[4], terminó explicándome y finalizando con palabras de una señora Verónica Raffo tomadas de su charla TED[5]: “Porque ser feminista no es una cuestión de género”.

Aprovecho para agradecerle a esa mujer, porque es desde esa “politicidad” en la que, creo yo, se fundamentaría parte de la tarea pedagógica a la que me refiero sobre el feminismo, para que el hombre de a pie aparte sus prejuicios y su desidia, y empiece reconociéndose en actitudes micromachistas que invisibilizan a la mujer. Una pedagogía que vendría a conjugar acción, concepto, formación y enseñanza, en una práctica reflexiva, sin fórmulas, como una manera de estar y habitar el mundo, tal cual lo sugiere Taborda Quintero respaldada con palabras de Giroux, proponiendo una pedagogía del feminismo que trate de romper:

Esas narrativas que niegan la existencia de la diferencia, atacan las posibilidades de democracia y a menudo promueven formas de infantilismo, demagogia y/o opresión (…) En otras palabras, la pedagogía está vinculada con el modo en que entendemos y actuamos colectivamente en cuanto educadores para promover formas de tolerancia radical, coraje cívico, buen juicio, justicia y discurso racional al servicio de la creación de una vida agradable para todos los ciudadanos. (2017: 29)

Porque una cosa es saber sobre formas y contenidos de manera intelectual y otra, bien diferente, es vivirlo y sentirlo emocionalmente.

En este espacio que agradezco a Vanguardia Femenina, un espacio de provocación e invitación a la reflexión, los y las invito a que tomen en sus propias manos una “pedagogía feminista” que resignifique prejuicios y actitudes, reflejada en hechos de concienciación, y sobre todo para los hombres de a pie como yo: No dejemos pasar de largo esas “obviedades” – nótese las comillas – que sólo naturalizan discriminación, misoginia y machismo. Como hombres [y mujeres] aliados del feminismo también podemos ser protagonistas del cambio.

Gracias por leer, compartir y reflexionar.

[1] Entre 2017 y 2018 han sido asesinadas 1.724 mujeres en Colombia: Medicina Legal. https://bit.ly/2PzMYuW

[2] Aumentan los casos de violencia contra la mujer. https://bit.ly/2RcA83c

[3] El acoso laboral sigue creciendo en Colombia. https://bit.ly/2OjshQZ

[4] “La experiencia histórica de las mujeres podrá sentar el ejemplo de otra forma de pensar y actuar colectivamente. Una politicidad en clave femenina es – no por esencia sino por experiencia histórica acumulada –, en primer lugar, una política del arraigo espacial y comunitario; no es utópica sino tópica; pragmática y orientada por las contingencias y no principista en su moralidad; próxima y no burocrática; investida en el proceso más que en el producto; y sobre todo solucionadora de problemas y preservadora de la vida en lo cotidiano”. (Segato, 2018: 15)

[5] Feminista: la mala palabra | Verónica Raffo: https://youtu.be/N259dzjK5yM

 

Referencias

  • Korol, Claudia (Ed.). (2007). Hacia una pedagogía feminista. Buenos Aires: El Colectivo.

  • Petrone, Nazareno (Ed.). (2019). Acuerdo en el desacuerdo. Buenos Aires, Argentina: Qeja Ediciones.

  • Fraisse, Geneviève (2016). Los excesos del género. Concepto, imagen, desnudez. Madrid: Ed. Cátedra.

  • Laurenzo, Patricia. Maqueda, Maria L. y Rubio Ana (Coordinadoras). (2009). Género, violencia y derecho. Buenos Aires, Argentina: Del Puerto.

  • Segato, Rita (2016). La guerra contra las mujeres. Móstoles, Madrid: Traficantes de sueños.

  • Segato, Rita (2018). Contra-Pedagogías de la crueldad. Buenos Aires, Argentina: Prometeo

  • Taborda, Julieth C. (2017). Feminización de las pedagogías Vs Pedagogías feministas: posibilidades para construir caminos libertarios (archivo PDF) Recuperado de: http://bibliotecadigital.udea.edu.co/bitstream/10495/8263/1/TabordaOquedoJulieth_2017_FeminizacionPedagogiasLibertarios.pdf

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