Poema

Claveles

G. Wiedemann.

Ahí estás, ahí estás... Ahí estás
Blanca y rosada, desnuda y delgada
Ahí estás, tú, también estás, te veo...
... te veo y en ese momento siento paz,
Porque si tu belleza es posible entonces hay redención.

 

Pero (la bifurcación de siempre)
 

Yo te hiero (casi siempre indirectamente),
pero no es mi intención... Sólo esto sé de ti.
He querido algo nuevo, pero sólo esto sé de ti.

 

Perdóname hoy y tantas noches que adorno
mi vida con lo que queda de tu ser.

 

Perdóname porque tu reiterada decadencia
alimenta mi espíritu, perdóname porque aún
a sabiendas, todavía te disfruto.

 

No puedo prometerte que ya no lo haré más...
 

Porque eso no será verdad, y tengo un nuevo
decreto que consiste en no mentir (excepto si es necesario).

 

Perdóname pues, bella mía, perdóname porque
tu vida y tu muerte igualmente me alivian.

 

No te queda más remedio que perdonarme,
no te queda otra opción... Ahí estás, ahí estás, ahí estás....

 

Es lo único que haces: eres y estás, los dos
verbos más complejos y que aunque no son
lo mismo, en este caso, es igual.

 

El ballet estático, que es tu vida, me hipnotiza.

Tu breve aroma me sublima hacia otros planos...

Discúlpame si, por mi culpa tienes un deceso
indigno... Pero qué más se puede hacer en
este caso? Es una decisión filosófica importante.

 

Te quiero conmigo siempre, pero ¡eres fugaz!
 

Y sé que, en perspectiva, todos lo somos...

Pero tú lo eres extraordinariamente.
Trataré de remediar esta amarga situación...
Pero no puedo prometerte nada, no lo esperes.
Y mientras tanto tú, impávida, ahí estás.

®

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